Desde pequeña siento una gran fascinación por los buzones. Creo incluso que empecé a escribir y enviar cartas tan sólo para empezar a usarlos. Me gustan los buzones, tan amarillos. Antes, en lugar de ser amarillos, redondos y azules como ahora, eran cuadrados. Cuadrados y con una franja roja, para recordarnos que pertenecían a la gran nación española, supongo. Con una tapa-sombrero triangular, y con dos bocas, en vez de la única que tienen actualmente. Tenían dos ranuras, una para correo municipal y nacional, y otra para correo internacional. Dos bocas con sus dos sacos correspondientes. Pero hace años que el tema se simplificó, y ahora todas las cartas van por el mismo conducto.
Me fijo siempre en la disposición de los buzones. No sé quién decide dónde hay que situar un buzón, cuántos metros de separación tiene que haber entre unos y otros. Muchas veces me he imaginado marcando los buzones con chinchetas en un mapa, tal y como los policías norteamericanos marcan los asesinatos en las series de televisión. Pura obsesión. Parece que estén puestos al azar, diseminados, pero supongo que alguien los puso siguiendo un criterio determinado. Me hubiera gustado ver poner un buzón, sería como ver plantar un árbol, una planta con cimientos. Una vez conocí a un cartero al que pregunté por esta cuestión. Me miró de tal manera que deduje que no era una pregunta que estuviera muy acostumbrado a escuchar, así que no insistí en el tema.
También está la cuestión de la altura: unos son muy altos, y otros, pequeñitos. Quizás estos últimos son producto de la crisis, para ahorrar en metal, digo yo. Así todas las ancianitas que envían cartas llegarán sin problemas a la boca, aunque lo cierto es que no sé si son muchas las que escriben cartas.
Yo sí soy una usuaria activa de los buzones de mi ciudad. Y he estado observando que no sólo hay que meter las cartas y/o postales en la ranura, sino que en la mayor parte de los casos hay que empujarlas suavemente hacia dentro. Si no, las cartas pueden quedarse atrapadas en la rampa que hay entre la boca y el saco, sobre todo si pesan poco. Yo suelo empujar todo lo que encuentro en la rampa hacia dentro, no sea que alguien se quede sin recibir su correo, como le pasó al hada mala de La bella durmiente. Todo para adentro. A algún ser más maligno podría ocurrírsele coger las cartas ajenas atrapadas en la rampa, sólo por curiosidad. Pero no, hay que respetar la privacidad de las personas.
Y esto es todo lo que tengo que decir sobre los buzones.
sábado, 30 de julio de 2011
domingo, 29 de mayo de 2011
Esto te va a gustar
Últimamente no dejan de repetírmelo.
Reconozco que me gusta cuidarme, y que soy compradora habitual de productos cosméticos. Pero no deja de sorprenderme que, cada vez que me intereso por alguna crema, la dependienta me diga: “Ya verás, esto te va gustar mucho”. ¿Y cómo sabes tú si me va a gustar o no? ¿Acaso te ha bastado un simple vistazo para saber quién soy y qué productos me gustan? ¿Qué sabes tú si me gustan las cremas más o menos densas, que huelan más o menos fuerte, y un largo etcétera?
Quizás las dependientas no sólo estén entrenadas para vender, sino que también han recibido la correspondiente formación para elaborar un diagnóstico adecuado de la piel. Pero dudo que ese diagnóstico se pueda realizar con una simple mirada, y menos si la piel en cuestión está en ese momento oculta bajo una capa de finísimo maquillaje… En fin; si ya me sorprende normalmente la frase: “Bueno, con la piel que tienes, creo que esta crema te va a ir bien”, ¡cómo no me va a sorprender “esto te va a gustar”! Por tanto, he llegado a la conclusión de que para ellas, esto es como decir: “Venga, cómprame esta cremita que ya verás qué buena es, con lo que vale”. Confían en que como es un producto de una empresa de gama alta, a todo el mundo le tiene que gustar.
Pero atención, ¡esta frase no sólo la repiten las dependientas de perfumería! También me la han dicho dos esteticistas diferentes y una dermatóloga (y no era mi dermatóloga de toda la vida: nos acabábamos de conocer). Y tengo que decir que en la mayoría de los casos, les hice caso, y pensé “bueno, a lo mejor sí que me gusta”. Pero no. No siempre me gusta. E incluso en ocasiones, me disgusta, pese a todas las “buenas cualidades” que ese producto seguramente tiene. Pero mi piel es un tanto especial, y no admite ese “te va a gustar” general que le enchufan a todas las clientas o pacientes. Eso es lo que he aprendido con el tiempo.
Sin embargo, sigo intrigada con la frase. Me gustaría saber qué pasa por la cabeza de quién la dice. ¿Se la está creyendo de verdad, o la repite como parte de una rutina laboral? Algún día, lo tengo que preguntar.
Reconozco que me gusta cuidarme, y que soy compradora habitual de productos cosméticos. Pero no deja de sorprenderme que, cada vez que me intereso por alguna crema, la dependienta me diga: “Ya verás, esto te va gustar mucho”. ¿Y cómo sabes tú si me va a gustar o no? ¿Acaso te ha bastado un simple vistazo para saber quién soy y qué productos me gustan? ¿Qué sabes tú si me gustan las cremas más o menos densas, que huelan más o menos fuerte, y un largo etcétera?
Quizás las dependientas no sólo estén entrenadas para vender, sino que también han recibido la correspondiente formación para elaborar un diagnóstico adecuado de la piel. Pero dudo que ese diagnóstico se pueda realizar con una simple mirada, y menos si la piel en cuestión está en ese momento oculta bajo una capa de finísimo maquillaje… En fin; si ya me sorprende normalmente la frase: “Bueno, con la piel que tienes, creo que esta crema te va a ir bien”, ¡cómo no me va a sorprender “esto te va a gustar”! Por tanto, he llegado a la conclusión de que para ellas, esto es como decir: “Venga, cómprame esta cremita que ya verás qué buena es, con lo que vale”. Confían en que como es un producto de una empresa de gama alta, a todo el mundo le tiene que gustar.
Pero atención, ¡esta frase no sólo la repiten las dependientas de perfumería! También me la han dicho dos esteticistas diferentes y una dermatóloga (y no era mi dermatóloga de toda la vida: nos acabábamos de conocer). Y tengo que decir que en la mayoría de los casos, les hice caso, y pensé “bueno, a lo mejor sí que me gusta”. Pero no. No siempre me gusta. E incluso en ocasiones, me disgusta, pese a todas las “buenas cualidades” que ese producto seguramente tiene. Pero mi piel es un tanto especial, y no admite ese “te va a gustar” general que le enchufan a todas las clientas o pacientes. Eso es lo que he aprendido con el tiempo.
Sin embargo, sigo intrigada con la frase. Me gustaría saber qué pasa por la cabeza de quién la dice. ¿Se la está creyendo de verdad, o la repite como parte de una rutina laboral? Algún día, lo tengo que preguntar.
jueves, 21 de abril de 2011
Fotos
Una de las cosas que acostumbro a hacer en la vida son fotos. No me considero profesional ni nada por el estilo, y mi afición ni siquiera puede llamarse hobby. Simplemente, diría que me gusta captar los momentos: todos los momentos. Por eso hago muchas fotos.
La gente a mi alrededor ya está acostumbrada a verme sacar la cámara cada vez que hay una celebración un poco especial. Por eso, los que me conocen, no se quejan demasiado cuando los rayos del flash les pillan desprevenidos: en el fondo, les gustará verse.
Mi cámara es una máquina normal, una automática digital bastante simple. Pero yo la uso porque, en realidad, esas fotos que hago congelan unos segundos que ya no volverán. Y está bien fijar esos segundos y volver a ellos otra vez, después de un tiempo.
Hace un par de años me fui sola a Roma durante una semana. Viajar solo tiene sus ventajas y sus inconvenientes, y uno de ellos, es que nadie te hace fotos. Había, pues, que encontrar otra manera de captar esos momentos junto al Coliseo o la Fontana di Trevi.
La manera más obvia, por supuesto, es pedirle a alguien que te haga una foto, un método al que han recurrido alguna vez todas las parejas que han viajado por el mundo. Pero, atención, la realidad es que la gente no sabe hacer fotos. Hacer una foto no consiste solamente en apretar un botón, hay que saber encuadrar. Y esto que a priori parece sencillo, no lo es. Existe la manía entre la gente de intentar abarcar tanto fondo, que a la persona que posa casi ni se la ve. Oiga, no pasa nada si me corta las piernas, ¡quiero que se me vea la cara de felicidad entre las ruinas del Foro Romano! Pues esto resulta que es pedir demasiado. Por no hablar de la intranquilidad que aflora sobre mí cada vez que le entrego mi cámara a un desconocido: ¿cómo saber que no se va a largar corriendo con las fotos de todo mi viaje? La verdad es que nunca me ha pasado, pero lo he pensado muchas veces.
Una vez comprobado que la gente no sabe hacer fotos, no te queda otro remedio que hacértelas tú mismo. Una de las ventajas de la era digital es que cada vez dependes menos de las otras personas para conseguir lo que te propones. Y vale que la longitud de tu brazo es limitada, y no podrás apartar más de un metro la cámara de tu cara… pero si te equivocas, o no te gustas, puedes repetir y repetir, hasta que la foto quede a tu gusto. Así es cómo inmortalicé gran parte de mi estancia en Roma, con la ayuda de mi brazo fotógrafo.
La gente a mi alrededor ya está acostumbrada a verme sacar la cámara cada vez que hay una celebración un poco especial. Por eso, los que me conocen, no se quejan demasiado cuando los rayos del flash les pillan desprevenidos: en el fondo, les gustará verse.
Mi cámara es una máquina normal, una automática digital bastante simple. Pero yo la uso porque, en realidad, esas fotos que hago congelan unos segundos que ya no volverán. Y está bien fijar esos segundos y volver a ellos otra vez, después de un tiempo.
Hace un par de años me fui sola a Roma durante una semana. Viajar solo tiene sus ventajas y sus inconvenientes, y uno de ellos, es que nadie te hace fotos. Había, pues, que encontrar otra manera de captar esos momentos junto al Coliseo o la Fontana di Trevi.
La manera más obvia, por supuesto, es pedirle a alguien que te haga una foto, un método al que han recurrido alguna vez todas las parejas que han viajado por el mundo. Pero, atención, la realidad es que la gente no sabe hacer fotos. Hacer una foto no consiste solamente en apretar un botón, hay que saber encuadrar. Y esto que a priori parece sencillo, no lo es. Existe la manía entre la gente de intentar abarcar tanto fondo, que a la persona que posa casi ni se la ve. Oiga, no pasa nada si me corta las piernas, ¡quiero que se me vea la cara de felicidad entre las ruinas del Foro Romano! Pues esto resulta que es pedir demasiado. Por no hablar de la intranquilidad que aflora sobre mí cada vez que le entrego mi cámara a un desconocido: ¿cómo saber que no se va a largar corriendo con las fotos de todo mi viaje? La verdad es que nunca me ha pasado, pero lo he pensado muchas veces.
Una vez comprobado que la gente no sabe hacer fotos, no te queda otro remedio que hacértelas tú mismo. Una de las ventajas de la era digital es que cada vez dependes menos de las otras personas para conseguir lo que te propones. Y vale que la longitud de tu brazo es limitada, y no podrás apartar más de un metro la cámara de tu cara… pero si te equivocas, o no te gustas, puedes repetir y repetir, hasta que la foto quede a tu gusto. Así es cómo inmortalicé gran parte de mi estancia en Roma, con la ayuda de mi brazo fotógrafo.
lunes, 11 de abril de 2011
Lo que importa no es estar delgada, sino estar buena
Esta asombrosa frase se podía leer en un cartel DIN-A4 horizontal colgado en el corcho de uno de los departamentos de la empresa en la que trabajaba. Por aquel entonces, todo era aparentemente normal (más o menos): un departamento compuesto íntegramente por mujeres jóvenes, a las que les gustaba, cómo a muchas otras, ser admiradas por su físico y su simpatía.
Pero ahora, después de muchos años, cuando pienso en aquello, me doy cuenta de que la frase formaba parte de un plan mucho más complejo, una estrategia que, aplicada con perseverancia e insistencia, daría sus frutos.
Estar delgada. Hoy en día, todas queremos estar delgadas. Vamos a comprarnos ropa y queremos que nos quede bien. No nos gusta ver cómo los michelines desbordan por encima de la cintura del pantalón o de la falda. No nos gusta ver cómo los brazos van hinchándose hasta perder el tono, ni enseñar las piernas cuando llega el verano. Y creemos que si estamos delgadas, estaremos buenas.
Pues bien, esas chicas descubrieron que no todo pasa por estar delgada, y dieron con la que sería la piedra filosofal de sus carreras en la empresa: pusieron todo su empeño en estar buenas. Estar buena no es tarea fácil, e implica dominar toda una serie de habilidades tanto físicas como emocionales. Está lo obvio, como vestirse, maquillarse y perfumarse bien. También incluye dominar el lenguaje del cuerpo: trabajar la sonrisa, la mirada, la expresividad de las manos… Pero nada de esto servirá si no tenemos un objetivo.
Las chicas que colgaron el cartel conocían bien su objetivo, y la estrategia les salió perfecta (a unas más que a otras).
A mí, que siempre lo vi desde fuera, esta frase siempre me definirá lo que fue trabajar en esa empresa.
Pero ahora, después de muchos años, cuando pienso en aquello, me doy cuenta de que la frase formaba parte de un plan mucho más complejo, una estrategia que, aplicada con perseverancia e insistencia, daría sus frutos.
Estar delgada. Hoy en día, todas queremos estar delgadas. Vamos a comprarnos ropa y queremos que nos quede bien. No nos gusta ver cómo los michelines desbordan por encima de la cintura del pantalón o de la falda. No nos gusta ver cómo los brazos van hinchándose hasta perder el tono, ni enseñar las piernas cuando llega el verano. Y creemos que si estamos delgadas, estaremos buenas.
Pues bien, esas chicas descubrieron que no todo pasa por estar delgada, y dieron con la que sería la piedra filosofal de sus carreras en la empresa: pusieron todo su empeño en estar buenas. Estar buena no es tarea fácil, e implica dominar toda una serie de habilidades tanto físicas como emocionales. Está lo obvio, como vestirse, maquillarse y perfumarse bien. También incluye dominar el lenguaje del cuerpo: trabajar la sonrisa, la mirada, la expresividad de las manos… Pero nada de esto servirá si no tenemos un objetivo.
Las chicas que colgaron el cartel conocían bien su objetivo, y la estrategia les salió perfecta (a unas más que a otras).
A mí, que siempre lo vi desde fuera, esta frase siempre me definirá lo que fue trabajar en esa empresa.
sábado, 12 de marzo de 2011
Cuando sales de una tienda y descubres que tu paraguas no está
Éste es uno de los grandes temores que siempre he tenido. No es que crea que mis paraguas son súper chulos, es más, hay veces que son míseras adquisiciones de emergencia del chino. Sin embargo, si llueve y entro en una tienda, siempre miro con recelo el cubo destinado a los paraguas que tienen en la entrada.
A no ser que afuera caiga el diluvio universal, no dejo nunca el paraguas donde no lo pueda controlar: prefiero ir dejando gotitas por toda la tienda y arriesgarme a sufrir las miradas vengativas de las dependientas de turno. Y si me dicen algo, una de dos: o me voy, o que me aseguren que mi paraguas no va a desaparecer.
La realidad es: ¿quién controla ese cubo? ¿Qué impide a cualquier cliente salir a la calle y coger el paraguas que más le guste? ¿O cualquier paraguas que cubra la cabeza?
En fin, ladrones de paraguas, os estaré vigilando.
A no ser que afuera caiga el diluvio universal, no dejo nunca el paraguas donde no lo pueda controlar: prefiero ir dejando gotitas por toda la tienda y arriesgarme a sufrir las miradas vengativas de las dependientas de turno. Y si me dicen algo, una de dos: o me voy, o que me aseguren que mi paraguas no va a desaparecer.
La realidad es: ¿quién controla ese cubo? ¿Qué impide a cualquier cliente salir a la calle y coger el paraguas que más le guste? ¿O cualquier paraguas que cubra la cabeza?
En fin, ladrones de paraguas, os estaré vigilando.
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